
Te vi.
Pasé de largo.
Eras una patada incipiente en mi memoria.
Tuve miedo. Sí. Miedo de tus manos francas y tus gestos grandilocuentes. Miedo a que tu mirada me despoje de mi simulacro. Miedo a amarte irremediablemente, a darme cuenta que esta pseudovida que me he impuesto, con amor a medias, con caricias de pervinox y escafandra roída y lavarse las piernas después del sexo, y sentir que no te hacen el amor, sino que te desmenuzan como un cirujano cuando recibe un órgano donado…
Sí. Así. Así me aman, como un artículo con fecha de vencimiento, y tengo terror a envejecer a arruinarme, al tiempo, a la gravedad.
La utopía me ha abandonado.
Por eso no me bajé. Por eso hice de cuenta que nunca te ví ahí sentado, como siempre esperando que te abrace la noche inaugurante, que te salude la luna con sus soliloquios de ternura (te extraño te extraño tanto es tan triste agonizar el piano solo, hablar otro idioma, soñar incierto).Ya no tienes cara, ni hay nombre. Para recordarte me escondo de mí, de todo, del olvido, de mi cuerpo manco y deforme que no puede amar como cuando volábamos y nos despojábamos de la inútil realidad sin asidero. Por eso no me acerqué amor mío, por eso, por eso adiós, te extraño, por eso adiós y hasta siempre.